REFLEXIONES SOBRE LOS CAMBIOS CULTURALES

Jue, 05/31/2018 - 07:26 -- Alejandro

REFLEXIONES SOBRE LOS CAMBIOS CULTURALES

Alejandro C. Imbach – Mayo de 2018

RESUMEN.  El artículo analiza la relación entre los aspectos culturales y los cambios sociales e individuales a nivel de comunidad y propone una forma de analizar esos cambios y de lograr mejores decisiones en torno al fortalecmiento de la cultura propia por medio de acciones colectivas autónomas.

 

Los distintos comentarios al artículo anterior del blog abrieron espacio para seguir agregando y discutiendo el tema que es muy relevante para todos nosotros.  Quisiera entonces comenzar por agradecer a los que dejaron sus aportes e instar a todos a volver al artículo anterior y revisar dichos comentarios.

Estos comentarios abordan varios aspectos, y uno que me llamó la atención es el del tema de los cambios culturales, o sea, ¿por qué se dan?, ¿son buenos o malos?, etc.  Y sobre estos temas es que decidí enfocar esta entrega.

Todos estamos en claro que nuestras creencias y valores, o sea las bases de nuestros procesos individuales de decisiones, están afectado por la cultura en que vivimos.  Más aún, nuestras acciones a su vez inciden en el desarrollo de esa cultura, tanto por acción como por omisión. Y aquí tenemos un primer elemento esencial: la relación bidireccional, o mutuamente influyente, entre cada persona y la sociedad/grupo en la que vive.

Un segundo elemento, consecuencia directa del anterior, es que las culturas evolucionan junto con las personas.  O sea, la cultura no es un elemento estático, aun cuando sea uno de los que aglutinan o unen a las personas en grupos sociales.

A partir de aquí es posible proponer que cuando las culturas entran en contacto, lo que entra en contacto realmente son las personas que las forman.  A veces ese contacto es respetuoso, y a veces no lo es.  A veces ayuda, y a veces es invasivo y depredador.  Y la decisión acerca de qué juicio corresponde a cada contacto es personal.  Lo que para unos es respetuoso, para otros no lo es.

Lo mismo ocurre con los cambios que genera ese contacto.  Para algunos es positivo y para otros no. Y, por lo tanto, en algunos ese contacto genera rechazo y en otros causa adhesión.

Un factor importante en la forma en que se viven y juzgan esos contactos es cuál es la relación de poder que expresan.  En nuestra realidad latinoamericana tenemos muchos ejemplos de contactos entre culturas, desde el obvio entre las culturas aborígenes con la europea, hasta otros menos obvios, pero no menos intensos, como el que se da entre las culturas urbanas y rurales, entre diferentes grupos étnicos, entre los jóvenes y los mayores, entre la cultura del dinero y la de otros valores, etc.

En todos estos contactos hay diferentes relaciones de poder, y un elemento importante de análisis es que no son muchos los quieren identificarse con la cultura menos poderosa, con la que perdió, y por ello no es raro o inusual que los integrantes de la cultura perdedora (llámense indígenas, campesinos, jóvenes, pobres, etc.) traten de adherirse a la cultura ganadora adoptando sus símbolos.

Prestar atención a los símbolos de éxito, a la historia, etc. nos permite percibir cómo se está resolviendo ese choque de poder y cuáles son los grupos que se imponen y con qué valores culturales.

¿Qué hacer frente a esto?  Como primer paso fundamental tomar conciencia de esto, de su profundidad y de su extensión.  Segundo, reflexionar acerca de los efectos a largo plazo del cambio cultural, o sea en qué medida esos cambios limitan o perjudican el logro del bienestar de las personas.  Esta tarea es difícil porque los cambios culturales no son necesariamente malos o negativos, lo son cuando afectan negativamente el bienestar de las personas en cualquiera de sus aspectos.

Y otra vez, en esto es necesario ser precavido y respetuoso en el sentido de que el hecho de a uno personalmente le gusten o no los cambios que están ocurriendo no implica que necesariamente esos cambios sean universalmente buenos o malos.  Y aquí otra vez juega ese balance persona/grupo donde el grupo decide o asume cosas con las que no necesariamente TODAS las personas están de acuerdo.

El problema con todo este enfoque que he desarrollado es que se puede percibir como relativista, o sea algo en que todo vale según el punto de vista de la persona que lo mire.  Y este enfoque no es muy útil para trabajar porque es un enfoque sin dirección; que cada uno haga lo que quiera y esté bien no nos lleva a ningún lado más que a salidas individualistas.  Y las salidas individuales en el contexto de un grupo culturalmente perdedor usualmente no son exitosas; o sea, las personas terminan dejando su identidad, asumiendo la de otros que no los aceptan y finalmente perdidos en su búsqueda y víctimas de los diversos mecanismos autodestructivos de resolución de crisis (alcohol, drogas, otras conductas de riesgo, etc.).

Por eso creo que, si bien es necesario no apresurarse a condenar los cambios ni a juzgar a las personas que toman ese camino, el elemento clave es analizar, en forma individual y colectiva, adónde nos llevan los cambios a mediano y largo plazo.  Y si esos cambios van a mejorar el bienestar común (medido por el grado de satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, u otro procedimiento similar) posiblemente podemos acordar que son cambios positivos.  Y si ellos no van a traer mejoras para todos o para la mayoría, pues tendríamos que valorarlos como negativos.

En tales términos el análisis se hace un poco más claro y más fácil de realizar, tanto a nivel personal como colectivo, y hasta de facilitación de la reflexión en los grupos locales.

Algunos ejemplos permiten visualizar mejor estos puntos.  Así, un cambio en las formas o técnicas de producción de granos básicos (o cultivos de autoconsumo o de pan coger, etc.) que permita mejorar la conservación de los suelos, contener la erosión y mejorar el manejo del agua, es un cambio cultural.  O sea, es un cambio en las prácticas productivas culturales.  Es posible que los ancestros que vivían en las tierras planas dispusieran sus surcos de cultivos en cualquier dirección, pero el moverse o ser desplazados a zonas con pendientes hace que esas prácticas resulten inapropiadas, por lo que cambiarlas tendrá un efecto positivo a largo plazo pues permitirá mantener la seguridad alimentaria a la vez que se mantiene o conserva la capacidad productiva de los suelos que sustentan a las familias.

En otro caso, la emigración a centros urbanos o a otros países también implica un cambio cultural importante ya que implica insertarse en una cultura diferente, que posiblemente rechace las pautas culturales del que llega con la consecuente disyuntiva entre la marginalización o la pérdida de identidad cultural (aculturación).  Y es posible analizar distintos aspectos positivos para la persona (el que emigró puede ganar más dinero) y su comunidad (el que emigró puede enviar remesas) y también los negativos para la persona que emigró (la mencionada disyuntiva entre marginalizarse o integrarse a otra cultura) y también para el grupo local (que pierde a sus recursos humanos, se le debilitan las estructuras familiares y se empobrece en lo humano, social y cultural).

Sin embargo, y para finalizar, el simple reconocimiento y análisis de las implicaciones de los cambios no es suficiente.  Una de las mayores motivaciones para asumir una cultura diferente es, como se dijo anteriormente, dejar de ser parte de la cultura perdedora (indígena, campesina, rural, pobre, etc.) e intentar disimular su identidad.  Y creo que una de las mejores “curas” para esto es recuperar el orgullo en la cultura propia.  Esto se logra de diferentes maneras, desde el rescate de las tradiciones y valores, hasta la realización de emprendimientos exitosos del tipo que sean: productivos, constructivos, económicos, organizativos, culturales, etc.

Creo que la forma más efectiva de recuperar el orgullo pasa por recuperar la capacidad de decidir y hacer realidad lo que se quiere, o sea concretar la posibilidad de autorrealización personal y colectiva. En otras palabras, hacer realidad la capacidad de decidir y actuar de manera autónoma y lograr resultados que mejoran el bienestar del conjunto.

Parte de la sensación de impotencia que lleva a las personas a buscar soluciones en la integración en otras culturas es producto de la percepción que lo único que se puede hacer es pedir, y para peor, pedirle a los que ganaron, o sea a los que detentan el poder administrativo, gubernamental, económico, político, etc.   En su estudio sobre la realidad de jóvenes rurales vulnerables de Centroamérica,  el autor Carlos Salazar, menciona que un comentario común entre los jóvenes es la sensación de tener un futuro determinado por otros, y es poco lo que pueden hacer para cambiarlo.

Y esto me hace pensar en los diferentes satisfactores de Max-Neef (Desarrollo a escala humana, que estoy subiendo a la Biblioteca del blog para los interesados, junto con otros trabajos interesantes de él). O sea, podemos resolver muchos problemas pidiendo (al Gobierno, al Municipio, a la iglesia, etc.) y aunque la necesidad se satisface, no deja el mismo saldo que cuando se resuelve el problema mediante la acción propia, con los medios propios.  En términos de Max-Neef, es la diferencia entre satisfactores sinérgicos y los de otros tipos. 

El planteo anterior no debe dejar de reconocer que las condiciones estructurales sociales, políticas y económicas son potenciadoras o limitantes de estas autorrealizaciones sociales.

Demás está decir que el tema es complejo, que posiblemente mi análisis es un poco lineal, que hay más factores que considerar y que hay muchas otras posibilidades de reforzar las buenas decisiones en términos de cambios.  Seguramente veremos muchas de ellas en los comentarios a estas reflexiones.

Si algún lector tiene una contribución más larga o un artículo sobre el tema que considere pertinente para compartir, por favor me lo envía para considerar su inclusión en el blog.

 

Alejandro C. Imbach, Mayo de 2018